Acostumbrarse al sabor de la victoria es rápido, pero tras unos días de euforia desenfrenada y ya recuperada la serenidad habitual, es preciso repasar objetivamente los delicados momentos que se vivieron durante la primera fase del europeo. Tras el oro llega un período para la reflexión sobre el combinado nacional. Sin rodeos, me han surgido algunas dudas sobre el futuro que espera a la Selección tras comprobar la facilidad con la que se quebrantó la unidad en torno al equipo cuando llegaron los malos resultados. De la noche a la mañana, las palabras de amor desaparecieron y estalló la presión mediática.
Bajo mi punto de vista, lo dije en su momento por activa y por pasiva en las retransmisiones de Antena 2000, difícilmente se pueden comprender las feroces críticas que se lanzaron contra la Selección cuando los resultados no acompañaron. Y no por las críticas en sí, que entiendo que si el juego no es el esperado se hagan, pero es que en este caso las palabras eran dardos envenenados que tenían como única misión dañar la integridad del grupo. No olvidemos que en determinados sectores el mal ajeno puede llegar a ser muy lucrativo si se mueven los hilos adecuados. Poco importó el escaso tiempo de adaptación del nuevo técnico o los numerosos problemas físicos que asolaron a los jugadores españoles. No cabe duda de que ha llegado al baloncesto, al menos a las citas más populares, el estilo chabacano de la prensa rosa.
El análisis deportivo es subjetivo y allá cada uno con sus opiniones, pero cuando el cuento que se sale de la pluma no se ajusta a la realidad, es una falacia. No tiene otro calificativo. Cierto que España no empezó bien el torneo, pero de ahí a hablar de un mal ambiente en el vestuario media un abismo. Muchas piedras fueron lazadas y muchas manos escondidas. Tras una derrota, un juego atascado y viendo como los cuartos se alejan, ¿qué se podía esperar de unos chicos que llegaron a Polonia ilusionados por colgarse el oro que se les escapó dos años antes en Madrid? Lo normal era que los jugadores no estuvieran precisamente dando botes de alegría. Afortunadamente, el tiempo y la medalla de oro dio y quitó razones.
¿Qué sucederá en Turquía 2010 si España no se cuelga una medalla? Esta es la reflexión que nos debemos hacer todos. De nuevo, España será uno de los combinados favoritos para alzarse con el título, pero no hay garantía alguna de que se cuelgue metal. Tenemos que estar preparados para la derrota porque ganar siempre, como ya comenté en un artículo anterior, no está al alcance de nadie. Sin ir más lejos en Polonia solo hubo un ganador, dos se llevaron el premio de consolación y la mayoría se fueron a casa con la cara compungida. Cuando lleguen las vacas flacas, sea de aquí a un año o diez, deberemos aprender a aceptar nuestro papel y trabajar duro para recuperar el estado actual en el que nos movemos como peces en el agua. La derrota no debe contentarnos, pero tampoco debe ni asustarnos ni avergonzarnos.
Disfrutemos de la cima.


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