No hay nada como tener un cheque en blanco para sentirse el rey del mambo, aunque primero se tenga que admitir a regañadientes que fichar en invierno es sinónimo de que el proyecto no funciona o no lo hace de la manera que estaba prevista. Y si no hay fondos, pues no queda más remedio que pescar lo que ande suelto y confiar en que si los astros se alinean de una forma determinada incluso pueden llegar a contribuir positivamente.
En una dinámica frenética, las decepciones no tardan en llegar. Una mala racha de dos partidos perdidos de forma consecutiva y las opciones para la Copa se desvanecen, los playoffs se alejan y la afición desnuda las gradas demostrando que en España, sin querer generalizar, somos más chaqueteros que los políticos más reputados.
Poner nombres en esta historia es peligroso porque basta que nombre a un equipo para que la interpretación de mis palabras de pie a todo tipo de teorías sobre mis afinidades, pero confío en la mente abierta de los lectores. El primer equipo que se pasa por mi cabeza con el símbolo del € por escudo es el Real Madrid. Florentino Pérez ficha todo lo que se pone a tiro, pero lo hace bien asesorado por un equipo de profesionales de primera línea como Antonio Maceiras y Ettore Messina. En anteriores etapas del club blanco, la chequera era igual de generosa, pero mucho menos efectiva. De todas formas, una cosa no quita la otra y se acierte o no, el club merengue no repara en gastos. Los últimos dos fichajes son de postín: los balcánicos Jaric y Tomic. Uno abandona la NBA por la puerta de atrás tras una etapa irregular que se alargó prácticamente una década y el otro que llega en el puente aéreo con la mente vestida de blanco, pero la mirada en el JFK.
En el polo opuesto al del club blanco tenemos al resto, incluidos Baskonia y Málaga que a pesar de su tradicional situación acomodada, no están atravesando por momentos especialmente boyantes. En el caso de estos clubes huérfanos de fútbol, el mercado es uno persa, todo vale mientras encaje en el presupuesto. Lógicamente unos pueden más y otros prácticamente no pueden, pero quien más quien menos se hace un lavado de cara. Dixon, Lofton o Asselin son algunos de los nombres que aterrizan con la etiqueta de salvadores.
En definitiva, el circo está tan profesionalizado que el fracaso se debe combatir aunque sea hipotecando por quinta vez las oficinas del club. Aquí todo vale mientras la poltrona no cambie de acomodado. La cuestión que queda en el aire es que pasa con los balances a final de año porque los números no salen si no se les maquilla.
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