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lunes, 30 de noviembre de 2009

Del Camp Nou ¿al cielo?

Este fin de semana ha estado marcado por el clásico de fútbol, de hecho, el información polideportiva no ha disfrutado en los medios ni del papel de comparsa al que la tiene postergada habitualmente el deporte rey. La información general, tampoco gracias; no vaya a ser que se despiste la gente y piense sobre otros asuntos que no interesan tanto. Afortunadamente, quedan los medios especializados como Bkball.Net que hemos sido un oasis en el desierto. Gracias a esos medios que algunos profesionales de los clubes tildan de manera menospreciativa de “digitales”, los aficionados han encontrado la información que les interesaba. El tema del menosprecio de algunos clubes a determinados medios es algo que tengo pendiente de tratar en la revista pero tengo que hacerlo explicando los detalles. Lo haré en breve porque a estas alturas no vamos a tener miedo a que nos cierren puertas en nuestras narices o, como me dijo un bueno amigo, nos quiten acreditaciones.

El fútbol lo es todo en este país. No hay más. El derbi acabó con una victoria por la mínima para los catalanes en un espectáculo no especialmente brillante, pero no importa porque un partido entre Barcelona y Madrid es un producto que vende mucho y bien. Y si además se le sabe sacar punta al lápiz con elementos colaterales, ya tenemos el lío montado. Una vez más, los 90 minutos del enésimo partido del siglo, centraron toda la atención del país. Los focos, habitualmente dispersos, se concentraron masivamente en la diagonal de la ciudad condal y ni la fuerte tormenta previa a la cita descafeinó el interés por el choque.

El resto de citas deportivas del fin de semana quedaron completamente marginadas, como si no existieran. Hasta aquí y siendo consciente del país en el que estamos, lo puedo comprender por la trascendencia social que supone este acontecimiento y su arraigo a la cultura española, pero hay otros temas no deportivos que merecen su protagonismo. Por ejemplo, los informativos se olvidaron de las elecciones presidenciales en Uruguay, el también convulso sufragio en Honduras e incluso se aparcaron momentáneamente el Estatut y el famoso editorial que convulsionó a media España la semana pasada. En general y salvo honrosas o interesadas excepciones, los tocaron de refilón como aquel quien no quiere molestar. Solo nos han permitido mirar en una dirección, igual que hacen con los sufridos equinos a quienes se les colocan las anteojeras que únicamente les permiten la visión frontal, tapándoles la lateral, no se vayan a despistar o alejar del redil.

Como dice Luz Casal, “Y no me importa nada”. Llegado el día X, no importa nada en este país que no sea el derbi que enfrenta a las dos facciones más enfrentadas del país: catalanes y madrileños. El rectángulo de juego es el campo de batalla perfecto para pulir muchas rencillas pendientes que en otras esferas no se puede hacer. El país se divide en dos, dependiendo del interés que cada uno ponga los nombres que estime oportuno, y las flechas, espadas y lanzas están listas para que los guerreros hagan uso de ellas. El césped rememora el mítico coliseo romano donde se libraban inhumanas luchas entre gladiadores mientras que en las gradas, los esclavos del régimen imperialista vomitaban su falta de libertad alentando la violencia. Cada muerte sobre la arena representaba esperanzana para el resto, al fin y al cabo, había uno peor.

Yo fui una de las 98.000 personas afortunadas de presenciar en directo el espectáculo. Comprobé, una vez más, que no me gustan los jugos gástricos, aunque tras la náusea inicial que me provocó la vomitera general, reflexioné y concluí que si sucede, será por algo. No tenemos un régimen imperialista, pero qué más da, tenemos otro que para el caso es lo mismo. Hoy, tras dos milenios, somos más civilizados, pudorosos y delicados que los romanos, incluso en el coliseo futbolístico, pero mantenemos intactos algunos de nuestros impulsos más primitivos. Evidentemente, el comportamiento de la afición culé en el derbi es algo puntual porque en su vida cotidiana, el aficionado común no se comporta de la misma manera; bueno en general, porque alguno que otro no tiene opciones ni luces para escoger e igual se acuerda de la madre Cristiano Ronaldo como manda a paseo al vigilante del parking.

Yo fui una de las 98.000 personas que presenciamos el clásico. Sí, estuve en el Camp Nou, pero cuando salí de él, pensé que hubiera estado mejor en otros muchos sitios. Me hubiera ahorrado el bochornoso espectáculo sufrido en las gradas que en ningún caso puede quedar compensado por el deportivo. ¿Me siento afortunado por estar “en el mayor evento deportivo del año”? Pues si hubiese llevado unos tapones para los oídos, quizás sí, pero no los llevé y todavía se repiten en mi cabeza los estruendosos insultos de algunos padres de familia que proferían conscientemente delante de sus hijos. ¡Qué gran ejemplo! Luego estos mismos padres se quejarán de que en las escuelas no se enseña educación a los niños. En este país distinguimos lo que realmente es importante de lo que no y ayer fue un claro ejemplo. Y no solo los progenitores se dejaron llevar por el clima de odio comedido que se respiraba en el estadio; aficionados de todas las edades y colores escupieron, no se puede expresar de otra manera, toda la energía negativa acumulada en su interior. Algunos buscan mil y una excusas para este comportamiento fanático e incluso lo entienden como la salsa del fútbol. Yo cuando hablo de salsas pienso en boloñesa o carbonara. Visto lo visto, unos cuantos tendrían que replantearse sus valores y quizás hacer un curso de cocina italiana o baile.

Yo fui una de las 98.000 personas en el Camp Nou. Sí, estuve, pero no me dejaron disfrutar del choque. El entorno fue cruel con mi ilusión, como ya ha sucedido en otras muchas ocasiones en el mismo escenario, y el gran partido de fútbol que tenía pensado disfrutar del minuto uno hasta el noventa, se tornó en una oda al comportamiento ruin y barriobajero. Que nadie me malinterprete, no pretendo juzgar a la afición azulgrana en este editorial porque no debo ser yo quien lo haga ni éste es el lugar. Por otra parte, este comportamiento está tristemente generalizado entre todas las aficiones por lo que la reflexión que planteo es global. Lo que sucedió ayer en Barcelona ocurre en todos los campos y, lamentablemente, en casi todas las disciplinas deportivas. En baloncesto también sucede, aunque a una escala menor. Ahí están los árbitros que mantienen el tipo a pesar de que son objeto de las iras irracionales de algunos aficionados o los equipos rivales que sufren un calvario dependiendo en qué cancha jueguen.

Considero que ha llegado el momento de que todos reflexionemos sobre nuestras actitudes en los campos. La tarjeta roja no debe ser solo para el comete una agresión en el terreno de juego.

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