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lunes, 9 de noviembre de 2009

La codicia rompió el saco

No cabe duda de que Allen Iverson es un jugador especial que quedará para los anales de la historia de la NBA por su extraordinaria condición de anotador. Ésta es la habilidad más reconocida y admirada por el gran público porque, al fin y al cabo, la creación solo está al abasto de aquellos que poseen talento y no para el común de los mortales. Por ejemplo, Bruce Bowen se ganó un reconocimiento general por su aportación defensiva en los anillos de los Spurs, pero nunca gozó de la admiración de la grada; simplemente su especialidad no requería de magia y sí de mucho músculo y de una actitud determinada. La disciplina de Bowen para cumplir con su cometido es todo un ejemplo de profesionalidad. Iverson se sitúa en el extremo opuesto al de Bowen; su juego se basa en su aptitud para ver el aro más grande, más cercano y con menos barreras en el camino hacia él. Desde sus escasos 180 centímetros y una mirada determinadamente desafiante, Iverson encandila al espectador y arranca continuos murmullos de admiración a través de sus jugadas y movimientos inverosímiles que solo él imagina y pone en práctica. Si entramos en cuestiones disciplinarias, Iverson no saldría bien parado.

Iverson es el mejor exponente de “jugon” que he tenido ocasión de ver. Pero Iverson no quedará en la memoria de todos únicamente por su inagotable talento, también lo hará por su inmadurez, personalidad conflictiva y escaso interés en el bien común. Iverson llegó a la liga con el yo por delante y colgará las botas con la misma tarjeta de presentación. Su profundo egocentrismo y narcisismo ha jugado un papel clave en el fracaso de todos los proyectos en los que ha participado y el paso de los años no le ha hecho ver las cosas diferentes. Cuando salió de Philadelphia tras haber colmado la paciencia de todos y ya con un proyecto desarmado, tuvo una gran ocasión para redimirse en Denver junto a otra gran estrella de la liga, Carmelo Anthony. Proyecto nuevo, mismo fracaso. Iverson fue incapaz de integrarse en un nuevo rol más de líder que de anotador y Denver no tuvo más remedio que buscar una salida de emergencia a la situación. Siguiente parada, Detroit. En la ciudad de la Motown, Iverson dejó de ser intocable y cuando vio las orejas al lobo, en su caso el banquillo, fingió problemas físicos y se apartó del equipo unilateralmente. Este verano ha tenido una ración de humildad dado que prácticamente ningún GM ha apostado por él y finalmente tuvo que aceptar la poco apetecible propuesta de Memphis que vio en él un reclamo para el público de la ciudad y un jugador veterano que podía guiar a sus compañeros más jóvenes. Tras lesionarse durante la pretemporada y perderse los primeros tres partidos de competición, Iverson no aceptó su rol de reserva en su regreso a las canchas y montó en cólera. Al tercer partido como suplente, decidió pedir permiso a la franquicia para irse a su domicilio en Atlanta donde supuestamente tiene que arreglar unos asuntos personales. Como hiciera hace unos meses en Detroit, Iverson se ha borrado del mapa en cuanto se ha dado cuenta de que su papel no iba a ser el de principal protagonista.

“The Answer” ya no tiene respuestas o al menos no las tiene sobre el parquet. No acepta el paso del tiempo de la misma manera que no reconoce su declive deportivo. Sigue pensando que en sus manos está la respuesta a todo, pero su pasado le contradice; Sus méritos individuales no se pueden cuestionar, sus méritos como jugador franquicia son otro cantar. Allen Iverson ha marcado una época en la NBA y en una generación de jóvenes aficionados, pero a sus 34 años no le quedan muchas oportunidades. O acepta el rol que le sea asignado y contribuye de la mejor forma posible a la causa común o su brillo se apagará para siempre.

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